Mallorca está donde ya no está. Me refiero al conocidísimo cartel internacional: la Mallorca de las raíces que configuran una fisonomía propia ya sólo se encuentra en el interior de la isla, en sus rincones de montaña y en sus llanuras soleadas, en unos muebles, en unos huertos, en el “silencio profundo”, que decía real y metafísicamente Miquel dels Sants Oliver. En una vivienda humana construida con el tacto y la fuerza de las manos, con el dominio histórico de la mirada sobre las cosas, sobre los latidos de la vida.

El extranjero que viaja hasta ella casi siempre cree que ha estado en Mallorca, pero lo que ha visitado es un cartel de propaganda con playas, hoteles, tiendas, carreteras llenas de coches, exacerbado ruido ambiental. De ahí que, si además de vivir todo eso el visitante quiere conocer la isla, tiene que recorrer su interior. O, metafóricamente hablando, a los cuadros de Guillem Àngel Crespí i Alemany.

Crespí i Alemany es de Santa Margalida, un viejo pueblo que reposa entre los rastrojos del interior de la isla y las olas de la bahía de Alcúdia, la conquista de Mallorca y el trabajo y el temor. Probablemente sea de aquí de donde le provienen a Crespí i Alemany los colores de luz de su arte, tan abiertos y tan limpios y tan consistentes, una atmósfera donde podrían coincidir la tonalidad alada de un Matisse y la pincelada carnosa de un Soutine, pero donde hay y se multiplica el cromatismo radiante y enérgico sin duda del propio Crespí i Alemany, la originalidad de su firma.

De este modo el artista sitúa en la tela la materia concreta de su observación, de su motivación, de su sentimiento: las coles lozanas y el volumen de las mesas, el juego de las cerezas y la escuadra de las sillas, las calabazas pletóricas y los balancines alados, los limones ácidos y los platos callados, la trenza de una ristra de tomates y la circunferencia fonda de una gran olla de cobre.

O sea, lo que no tiene historia ni entretenimiento, lo que no quiere llenar la pintura con anécdotas fuera de la pintura, pero que en cambio tiene esencia: un volumen hecho a base de tacto y de lo sensorial, unas leyes de existencia propias, la materia por la materia. “Yo soy el que soy”, proclama Jehová en el Viejo Testamento.

Después las manos que han sembrado las sandías en la tierra ciénaga y que han serrado y claveteado una madera, amasan con la pintura la conversión de estos elementos temporales en esencia emblemática persistente de la naturaleza que los forja.

Las manos extendidas también, evidentemente, como la gran capacidad creadora de Guillem Àngel Crespí i Alemany, que experimenta riguroso y generoso a partir del conocimiento y dominio de la inmediatez. Una pintura donde nada es gratuito y todo es consecuente.

Crespí i Alemany usa tintas industriales y pigmentos naturales, pasta de papel y resina acrílica, caseína y acuarela. Todo lo ha fabricado él mismo o al menos lo ha manipulado: un color no es una convención sino una individualización, cada franja del arco iris no es una decoración sino una personalización.

Entonces el cuadro se desglosa y al mismo tiempo se integra en un fondo que puede consistir en un delicado matiz grisáceo, un humo sutil, sobre el que puede reinar la espléndida figuración de una col de la huerta convertida en una forma autónoma, donde el azul o el rojo inexistentes al natural cobran en la obra artística una nueva naturalidad, una rotunda expresividad.

Con el dibujo que en realidad configura un teorema lineal de armonías, casi una excusa para desplegar las cualidades del cromatismo o la grosor material. El respaldo de una silla o las curvas de un balancín modelo thonet se realzan en danza geométrica, la gracia de lo inmóvil. Y la rugosidad del papel estrujado se convierte en escarbada materia orgánica, condensación presta.

La pintura mallorquina de estos últimos años tiene un lugar en el arte transfronterero del momento; está hecha por artistas que conocen su oficio y que son fieles a su intuición: no hay mejor manera que la moldeada por esta conjunción para conseguir la originalidad. Pero una cosa es moverse tras las avanguardas convencionales y sucesivas que pululan por doquier y otra distinta chupar del epicentro visceral de la creación.

Hay que registrar, pues, dos grupos: Guillem Àngel Crespí i Alemany forma parte del segundo, del que está a la cabeza y avanza.

Barcelona, 2002.

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