El niño que soñaba juguetes por Camilo José Cela Conde

El niño que soñaba juguetes por Camilo José Cela Conde

Un cuento al abrigo de las telas y los papeles del pintor Crespí Alemany.

El niño, cuando era todavía un niño, soñaba a menudo que poseía el juguete más hermoso de todos los que cabe imaginar. En ocasiones se trataba de un tren de madera teñido por los lamparones del tiempo, altivo,veloz, poderoso; en otras, por ventura, de una bicicleta a la que los años no conseguían arrebatar la promesa de equilibrio, la tentación del riesgo, el pálpito del viento que golpea el rostro al lanzarse cuesta hacia abajo.

El niño se despertaba perplejo. Al mirar hacia sus trenes y su triciclo veía en ellos lo que los sueños le susurraban pero en versión desleída, triste, apagada, sin los colores que la duermevela añadían para transformar la locomotora en arco iris y las ruedas en confetti del que sabe a fresa y a limón y a anís y a menta. Quizá por eso el niño aguardaba a dormirse para jugar como juegan los niños cuando todavía son niños y no saben que los sueños carecen de sabores capaces de durar una eternidad.

Así el niño, noche tras noche, consiguió su milagro sin desearlo siquiera, porque los niños que todavía son niños no saben distinguir los milagros de la vida real. Poco a poco al despertar descubría, aquí y allí, una mancha nueva de color en sus juguetes antes callados, oscuros, melancólicos, tristes, añorantes de los destellos que, en sueños, no dejaban de lucir. La chimenea de su tren vomitaba, incluso de día, chispas de azules y cremas, y ráfagas de violetas y verdes, y fumarolas de todos esos colores que sabe inventarse el humo cuando no recuerda que lo están soñando. Una mañana, el niño comprobó atónito que el ropaje de estreno de sus juguetes no desaparecía al anochecer, ni al llegar el alba siguiente; que los colores, antes bien, se habían duplicado, qué digo, multiplicado por diez, por cien acaso hasta ganar, sobre luz, cuerpo: materia, espesor, rugosidad, textura.

Los colores con volumen son ya otra sustancia. Los sueños permanentes devienen categoría diferente, aurora de presencia, cosa que brilla, que huele, que se puede tocar.

Un desafío para el orden del universo.

Los niños que no crecen porque sueñan que no crecen, y lo hacen con sueños de colores que estallan en formas desparramadas sobre sus trenes y sus ruedas, suelen morir de niños mientras, dormidos, apenas se dan cuenta de que ellos mismos se han vuelto colorido en el recuerdo, mordisco en la memoria de quienes les quisieron bien.

Pero el orden no tiene siempre la última palabra. en ocasiones muy raras los niños que son niños siguen siéndolo de adultos y pueden convertir en reales miles de colores gracias a haber dado con un artilugio impensable para quienes, habiendo sido niños, olvidaron sus sueños en el fondo más oscuro del armario más lejano.

No se lo digan ustedes a nadie: los niños así se convierten en pintores (es un secreto que ni siquiera tendría que susurrarles), tal vez se tropiecen ustedes en ocasiones con un niño de tal suerte, transformado en genio que vomita por la chimenea de su tren particular unas chispas incapaces de quedarse en ningún color en concreto.

De ser así, aparten la mirada, existe peligro de contagio porque los niños, cuando han sido alguna vez niños, conservan para siempre el riesgo de soñar.

Camilo José Cela Conde

Habilidades

Publicado el

05/07/2017

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